divendres, 7 d’octubre de 2022





 




El metro cuadrado de espacio vital está muy caro. No como el otro,
 el espacio mortal, ese está muy barato. Y no lo digo solo por los 
señores esos que preparan y abrillantan sus misiles, 
y que piden más y más armas.

Lo digo también por los que predican las bondades del sistema 
que nos acogota las ganas de vivir, las ganas de hacer, las ganas de
 querernos, de hablarnos, de reinventarnos. Sí, por supuesto que el tirano
 Putin es un asesino de guante blanco, que el tiparraco aquel del norte de
 Corea ni está bien de la azotea ni de las cloacas, que la República
 Popular China es un imperio como cualquier otro imperio de la historia,
 lleno de mentiras y palos para la mayoría y privilegios y riquezas para 
la minoría. Claro que sí, y es cansina la propaganda típica de estos
 lugares que llaman democracias occidentales, la cancioncilla que
 insiste en decirnos que somos los buenos de la película. El mundo libre.
 Miren a su alrededor, porfaplis, miren la velocidad de los coches, la
 lentitud del pensamiento crítico. Miren el beneficio engrosado de los
 hipermercados, el raquítico estado de nuestra alimentación. El constante
 pavoneo de la publicidad engañosa, el deterioro también constante de la
 salud, la física y la mental. Miren ustedes nuestra prisa patológica, lo
 poco que podemos disfrutar del nuestro reloj, el biológico y el amoroso.
 Miren las porras que vigilan por si se nos ocurre alumbrar una
 democracia real ya, miren el ahogo de las artes, la agonía de las
 bondades, miren y verán la esperanza en un mundo mejor, y la cerril
 realidad de un mundo que se mete, otra vez, en una guerra mundial, 
por si no tuviéramos bastante con las guerras locales, los rencores
 nacionales, las traiciones constantes, las envidias cotidianas. Miren 
las gráficas de La Bolsa, ese altar donde los locos más ricos del reino hacen 
ostentación de sus ganancias, de sus pérdidas, de sus, en fin, teatros egocéntricos.

Y miren y celebren ustedes las pocas, las escasas evoluciones personales.

Me noto muy encogido el espacio vital. Y hace años que, a mi manera,
intento que lo poco hermoso que hay en mi vida no muera por
 aplastamiento, o por falta de riego, porque la presión ambiental es 
muy pisoteante. Y por eso acepto convivir con mi tristeza y con esa
 punzante decepción. Pero lo que no acepto es esa mentira inmunda 
que dice que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y que por 
eso hemos de ir a la guerra, para defender nuestra civilización, o 
nuestra hipocresía. Me estoy preparando para la guerra, sí, 
lo confieso, me estoy preparando. Para desertar de ella.