divendres, 14 de gener de 2022





 




La presunta señora (en realidad una extraterrestre exploradora) 
ha cometido un error, acaba de darse cuenta y ahí está: inmóvil en 
la calle añorando con la mirada quizá la galaxia lejana que la vio nacer.
 Sí, cometió el indisculpable error de salir a la calle sin mirarse el
 ombligo. Y ojo que se lo repitieron una y otra vez en el centro de
 adiestramiento: hay por ahí civilizaciones en las que eso de mirarse 
el ombligo lo tienen tan arraigado que más que costumbre 
es ley y es, por tanto, ombligación ineludible.

Y yo la observo mientras espero de pie en la parada de autobús,
 escondido detrás de una mascarilla. Y trato de recordar en qué siglo 
y en qué planeta estoy, porque ya no sé si aquí está prohibido el uso 
de mascarilla en exteriores o era al revés o era en interiores solo los 
años bisiestos, pero la mirada de la extraterrestre secreta me busca 
y me encuentra y ya no me importa la normativa vigente, 
solo ella viniendo, sin dejar de mirarme.

Y el autobús aparece y yo me subo de un salto y ella no se sube 
de un salto, prefiere subir dando dos saltos. La próxima parada está 
justo a dos millones de años luz, en la galaxia más cercana al sur de la
 periferia exterior, y ella y yo nos sentamos, nos quitamos los disfraces 
y por fin, con un enjambre de estrellas salpicando las ventanillas
 oscuras de la nave-autobús, desplegamos las alas y dejamos 
volar sin restricciones nuestra imaginación.