dimecres, 13 d’octubre de 2021





 



O como dijo Groucho Marx: “Inteligencia militar son dos términos contradictorios”.

O como dice Fito Cabrales en una de sus canciones: 
“Que le den al general / La medalla de cartón / Se la tiene que clavar / En mitad del corazón”.

O como un altísimo mando norteamericano le decía a un altísimo mando
 ruso en la peli de Stanley Kubrick “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú”: 
“Bien, Dimitri... Ud. sabe que siempre hemos hablado sobre la posibilidad
 de que algo fuese mal con la bomba. La bomba, Dimitri. La bomba de
 hidrógeno. Bueno, lo que ocurrió es que el comandante de una de nuestras 
bases tuvo una especie de...Bueno, se le fue un poco la cabeza. Ya sabe, solo... 
un poquito. E... hizo una tontería. Bueno, le diré lo que hizo: Ordenó que
 sus aviones atacasen su país. Bueno, déjeme acabar, Dimitri. Déjeme
 acabar, Dimitri. ¿Y cómo cree que me siento yo? ¿Puede imaginarse
 cómo me siento yo? ¿Por qué cree que le estoy llamando? 
¿Solo para saludarle? ¡Claro que me alegro de hablar 
con Ud.! ¡Claro que me alegra saludarle!”

O como escribió Emma Goldman, recordando algún detalle poco 
conocido de la Primera Guerra Mundial: “La policía hacía horas extras
 acechando a los que evadían el reclutamiento. Arrestaron a miles, 
pero muchos más se negaron a alistarse. La prensa no informaba 
del verdadero estado de los acontecimientos: no convenía que 
se supiera que grandes cantidades de americanos tenían la 
hombría suficiente para desafiar al gobierno”.

O, dejando para otro día la definición de hombría (y también la 
definición de hembría), y para terminar con algo bien contundente, 
como dijo Malala Yousafzai: “Existen pocas armas en el mundo tan
 poderosas como una niña con un libro en la mano”.

Que esa sea nuestra mejor arma, un libro o un poema o una declaración
 de amor en la mano, o sencillamente buscarnos y encontrarnos en paz,
 sin importar de qué país somos, de qué sexo venimos o qué color
 inventamos para pintarnos la miel de los labios.