jueves, 2 de noviembre de 2017











Para hacer valer nuestras razones y nuestros sentimientos 
nuestras maneras de entender la vida, podemos apoyarnos 
en la palabra, en el diálogo, en la manifestación pacífica, en 
la exposición serena y argumentada de nuestro punto de vista, 
o bien podemos apoyarnos en la fuerza física, en la coacción, 
en la amenaza, en la imposición pura y dura. 

La primera opción es la que comprende y respeta que 
la otra persona no tiene porqué tener la misma perspectiva 
ni la misma posición, y le reconoce a la otra persona el derecho 
de pensar y sentir distinto. La segunda opción es la que pretende 
aplastar, someter, eliminar todo rastro de puntos de vista diferentes 
al suyo, y no se corta a la hora de ejercer o justificar la violencia 
contra quien ve las cosas de distinta manera. 

Estas semanas, con todo lo que está pasando 
en Cataluña, estamos viendo dos maneras muy dispares de 
entender la sociedad y la política y la vida. No entraré en detalles, 
solo daré mi opinión. Y mi opinión es que me está ganando. Sí, 
la República Catalana me está conquistando, no por 
la fuerza de las armas, sino por la fuerza de las 
razones y de los sentimientos. Me está 
demostrando que cree en la primera 
opción, la buena, la sensata, 
la valiente, la eficaz, la 
más difícil pero 
la más digna 
de llamarse 
humana. 

No estoy de 
acuerdo en muchos 
de sus planteamientos, 
pero le reconozco que está 
actuando, en general, sin violencia, 
que se podría ahorrar algunos insultos y 
algunas prepotencias, pero... es que no hay punto 
de comparación. ¡Si hasta está dispuesta a participar en 
unas elecciones autonómicas impuestas por el artículo 155, 
cuando ella ya ha declarado su independencia y, por tanto, no 
reconoce la autoridad del Estado español! Ha declarado la 
independencia y no ha sacado los tractores para bloquear 
las carreteras, ni ha jugado la baza de movilizar 
a la facción independentista de los mossos 
d'esquadra... Ahí la ves, a la recién 
nacida República Catalana, 
saliendo a la calle con sus 
banderitas, defendiendo 
su país con pancartas, y 
enviando a Bruselas 
a su presidente... 
Qué violento 
todo ¿no? 

Y por el otro lado... 
La última ocurrencia ha sido 
encarcelar a la mitad del Govern 
català, claro que sí, no hubo suficiente 
con meter en prisión a Sánchez y Cuixart (que 
ahí siguen, por cierto), ni con la lluvia de porras el 
1 de octubre, ni con más de 10.000 policías y guardias 
civiles encerradas en cuarteles y barcos, hartas de añorar 
a sus familias, y hartas de esperar una revuelta popular armada 
que no llega nunca, a pesar de tantas provocaciones... 

Todavía hay quien insiste en maleducarnos en la 
creencia de que la legalidad más fuerte es la que tiene la 
violencia más larga y más suelta, pero por suerte todavía somos capaces 
de ver otras opciones, otras enseñanzas, otras maneras de resolver los 
problemas. Con más comprensión, con más diálogo, con más cultura, 
con más respeto y con mucho más amor del que habita en las 
altas y frías cumbres del poder. España tiene un problema, 
y no es Cataluña. Es su propia intransigente manera 
de afirmar su identidad, y si hay alguien por ahí 
(y me consta que hay más de una y más de 
dos y más de diez mil) que cree en una 
España capaz de evolucionar a mejor, 
y echar de sus poltronas a esa 
panda de retrógrados que 
aún hoy nos (des)gobiernan y 
que aún hoy no saben solucionar 
las cosas como personas de bien, 
yo estaré ahí, yo me apunto. 
Para lo otro yo no soy 
español, ni lo 
seré nunca.