dimecres, 10 de maig del 2023







 




"Pensar contra corrent del teu temps és heroic; dir-ho, una bogeria."

Eugen Ionescu








dilluns, 8 de maig del 2023

dissabte, 6 de maig del 2023





 





“I jo em moria amb la pretensió de morir-me d’amor. I en el fons, molt endins de la pena, 
una certesa que m’ha acompanyat sempre em feia resistir: l’amor no mata, l’amor dóna vida. 
Vaig decidir curar-me jo, pel meu compte, no ho decidiren els metges, que no 
encertaven a endevinar una malaltia tan simple.”

Carme Riera









divendres, 5 de maig del 2023





 


Los pasos de peatones (también llamados pasos de cebra) (yo así los llamo) 
(no siempre me responden) son puntos de encuentro. La mayoría de las veces
 suceden ahí encuentros amables y respetuosos, pero a veces no. De normal la
 gente sabe tratarse bien, incluso a veces se saludan, pero tú, yo, aquel o aquella
 puede dar fe de algún que otro encuentro (o encontronazo) desagradable. Y sí,
 ya se sabe que no vemos igual esos lugares cuando somos peatones que cuando
 conducimos, y más cuando las prisas (esas hienas al volante) suelen
 obsesionarse con la meta y borrar el camino, o la calle, o la avenida, 
o la cebra que está ahí pastando recién llegada de Zambia. En todo caso, 
hace años que tengo claro, cuando conduzco, que estoy manejando una masa 
que pesa una tonelada (o dos), y eso me obliga a una responsabilidad extra:
 quien es más vulnerable y frágil siempre es el peatón. En fin, dentro de un rato
 saldré a caminar, y con un poco de suerte solo seré una cebra grácil, vigorosa y
 elegante. Hará calor en la sabana mediterránea y quizá me cruzaré con algún
 chulito disfrazado de león que se creerá más fuerte y más rápido y más rugiente
 que nadie, pero yo me aliaré con la brisa marina y más que trotar flotaré por
 encima del asfalto, soñando con un camino libre donde las noticias no ensalzan 
a campeones que arrollan a sus rivales. Y cuando baje de nuevo al suelo, si el
 chulito sigue ahí, le daré una coz. ¡Hasta luego, cebras salvajes! Por cierto,
 ¿sabéis qué le dice un ñu a otro ñu en un paso de cebra? 
¡Decídmelo, decídmelo, porque yo ñu lo sé!











dimecres, 3 de maig del 2023








 Potser, des del punt de vista dels reis i les reines, el millor a què podem aspirar
 els súbdits i les súbdites és aguantar-los el cul, o el privilegi, o el caprici... Sí, les
 autoritats regnants potser necessiten que estiguem sense moure'ns mentre elles
 dirigeixen el seu regne, però potser nosaltres volem moure'ns, en part per 
fer trontollar allò que ens fa mal, i en part perquè és més 
divertit moure la ment i el cos i la vida...





(la vinyeta és versió nova d'una que vaig fer fa uns anys)







dimarts, 2 de maig del 2023

diumenge, 30 d’abril del 2023





 


Rip y Dep, los personajes de esta viñeta, son en realidad actores (bueno, Rip
 es actor, Dep es actriz) que a veces representan obras de teatro en el cementerio
 donde viven (bueno, vivir vivir, lo que se dice vivir, no viven, pero están allí),
 para actuar bajan de sus nichos y la gente a veces aplaude desde arriba y a
 veces no. Hay gente muy variada en los nichos de ese cementerio, hay quien 
a veces baja y hace monólogos, hay quien canta, hay quien pinta… en fin, cosas
 para hacer menos eternas las horas eternas. Pero de normal están en sus nichos,
 y aunque a primera vista son todos muy parecidos, una mirada atenta descubre
 que no, que hay nichos que nunca abren sus ventanas (algunos no tienen ni
 ventanas), otros tienen cortinas, o estores o contraventanas, hay quien sólo tiene
 papeles de periódico o de colores en los cristales… Es conocida en el cementerio
 la historia de Romero y Jubileta, él vivía (o moría) en uno de esos nichos con
 cristales y poco más, tenía poca privacidad pero vivía (bah, digamos que vivía)
 casi siempre de espaldas a la calle, no parecía importarle que le vieran mientras
 se cambiaba, o mientras leía, o mientras jugaba a los dados con sus dientes, y
 apenas salía a su pequeño balconcito. En cambio Jubileta era distinta, ella
 además de cristales tenía contraventanas y cortinas, y se había acostumbrado 
a una vida (sí, digamos vida) discreta. Pero eso cambió cuando Romero llegó 
al cementerio, a partir de ahí empezó a hacer cosas raras, como mirar una y 
otra vez desde su nicho a la calle, o cambiarse de mortaja sin importarle si
 alguien miraba. Bueno, sí le importaba si alguien miraba, ella ardía en deseos
 de que Romero la mirara. Su vida (o su muerte) a partir de ahí fue un sinvivir 
(o un sinmorir), abría y cerraba las contraventanas fuera de sus horarios
 habituales, salía al balcón mucho más que antes y a menudo se quedaba 
mirando de noche el nicho dormido de Romero (él no era ave nocturna como ella),
 y desesperaba. Porque Jubileta se había enamorado de Romero, al principio no
 quiso aceptar que cuando lo veía sentía un hormigueo (o un gusaneo) en los huesos, 
o en la flor que crecía al sur de su vientre, pero al final supo que moriría de
 amor si Romero seguía así, dándole la espalda casi siempre, o así, mirándola casi
 nunca, o así, ajeno al baile del corazón de Jubileta. Porque ella, Jubileta, ya no
 cerraba sus ventanas como antes, ahora las cerraba porque cuando las tenía
 abiertas apenas podía hacer otra cosa que mirar el nicho de Romero, mil y una
 veces cada día, mil y una noches cada vez. Una tarde llovió en el cementerio,
 hacía mucho tiempo que no llovía, y ella se asomó a la ventana entreabierta y
 quiso compartir el llorar del cielo con él, pero él no estaba, y su nicho estaba
 oscuro, y ella, aquella tarde, sintió que cada gota anegaba un poco más la poca
 alegría que aún le brotaba en el alma. Y al día siguiente cantó una canción
 desesperada, después de recitar en voz baja 20 pésames de amor, y la lanzó al
 viento. Y esta historia que sucedió en aquel cementerio expira aquí: ni soy Sexpir
 ni sé contar ahora un final feliz (ni tampoco triste). Y además los finales de estas
 historias los escriben sus protagonistas, no un guionista, ni un soñador 
que ahora sólo es una ráfaga cantarina de viento en una 
calle cualquiera de un cementerio perdido.