dilluns, 21 de febrer del 2022





 



Dicen que aquel hombre que andaba cabizbajo se volvió loco, 
y dicen también que como no tenía dinero para pagar psicología 
 privada ni tenía paciencia para perderse en los laberintos de la 
psicología pública, optó por abrirse a sí mismo. Cuando dicen
eso de abrirse a sí mismo lo que quieren decir es que se 
encerró en sí mismo, pero no apareceré yo ahora en 
escena para dar detalles de su intimidad, pública 
o privada, porque esto es solo un breve 
escrito que acompaña a una breve 
viñeta, en un rincón perdido de 
la apresurada y maravillosa 
inmensidad libre donde 
(anuncian que) 
vivimos.

Así pues, este artista 
cabizmajo se va con viento 
fresco y volverá mañana o pasado 
con otra estampita divertida o reflexiva 
o cabizmaja. ¡Hasta luego!










(la viñeta es "remake" de una que saqué a pasear hace ocho años, más o menos)















dissabte, 19 de febrer del 2022





 





Versió nova d'un fanal que vaig dibuixar fa sis anys. 
També hi ha una borratxera en la vinyeta, sí, però a mi m'agrada 
més el fanal, que és més simpàtic, més bromista i també més saludable.









divendres, 18 de febrer del 2022





 




Y después de una viñeta tan resumamente profunda y 
complicada no añadiré nada más, no vaya a ser que de tanto 
pensar nos salga humo (y algún que otro flan) por las orejas. 










dijous, 17 de febrer del 2022





 



No hay en la historia reciente del cine albinegro una pesadilla 
más horrorosa que la de Castellnou Street (¿cómo olvidar al
malvado Osuna Krueger?). La otra gran peli de terror fue 
en la historia antigua, cuando allá por 1933 el club 
desapareció y resucitó en la España zombi de 1939.











dimarts, 15 de febrer del 2022





 





Les autoritats sanitàries tenen molta autoritat i poca sanitat.











dilluns, 14 de febrer del 2022




 



“Todos los diccionarios juntos no contienen ni la mitad de los términos
 que necesitaríamos para entendernos unos a otros”.
José Saramago




El verbo enamorir no es muy académico: si preguntas por él en un
 diccionario te dirán que allí a ese verbo no lo conocen de nada. Pero
 enamorirse existe. Enamorirse es lo que hace alguien enamorado para no
 morirse del todo. Es eso, sencillamente eso. Y lo digo porque hace unos días 
un hombre sencillo nos dejó y se marchó al lugar más sencillo del universo. Él
 era un labrador amable, una persona de esas tan buenas que más que
 persona era una naranja, y flor de azahar, y reguero lleno de agua
 fresca, sí, era tres en uno: naranja y flor y agua, todo a la vez.

Dicen que Manolo se murió, que era un hombre mayor y que los 
últimos años tendía a perderse, y la cabeza se le iba a volar con 
los pájaros de la huerta, pero yo creo que él, mi vecino, lo que hizo 
fue enamorirse. Y lo hizo porque él morirse no podía, ¿cómo iba a
 separarse para siempre de Angelita, su amor de siempre? Así que él 
se enamurió. Ayer, hablando con ella, lo supe: a sus ochenta y cinco 
años Angelita siente que él está, todavía, enamorado de ella, aunque 
ya no pueda verlo, aunque ya no pueda tocarlo, aunque sus ojos claros 
se le llenen de nubes cuando habla de él, ella sabe que él sigue
 recogiendo naranjas para ella, sigue volviendo cada día de la 
tierra fértil con fruta y verduras y flores para ella, y sabe que ese 
dolor, ese dolor que le quema las entrañas, se deshace y desaparece 
en las raíces de su corazón infinitamente enamorado.

Los días pasan y las noches también y Angelita, mi vecina, una mujer 
de esas fuertes y tiernas, nacida como él directamente de la tierra recién
 labrada, continúa caminando como siempre lo ha hecho, de esa manera
 tan suya, y a mí hay algo indefinible en su caminar que me calma y me
 reconforta, porque aunque sus pasos andan muy enamoridos, ella 
sigue siendo, rodeada de su familia y acunada por su calle y por 
su barrio, una mujer sencillamente enamorada.
















(la viñeta es versión nueva de una que hice hace unos años, el texto es de hoy)




dissabte, 12 de febrer del 2022





 



La señora sentada en un banquito del parque hojea una revista. 
Ella es elegante de ropa y de gestos y su mirada pasea entre las
 páginas de un número antiguo de “Festividades”, una revista dedicada
 en exclusiva a las fiestas de la ciudad. Y decíamos que ella es elegante 
y nos sorprende ahora descubrir en su calzado una nota discordante:
 zapatillas de estar por casa ¡y calcetines de lana! Pero algo brilla en los
 ojos de la señora cuando lee “entrevista con la reina de las fiestas” y se
 ve a sí misma hecha una jovencita que posa inocente para la posteridad.
 Ella, la Reina de las Fiestas, decía cosas en la entrevista, y muchas de esas 
cosas eran invención del entrevistador, alguien del que no recuerda la cara, 
solo la voz, tan parecida a la de su padre… Él la mira desde una foto, también 
está ahí su madre. El padre y la madre, uno a cada lado de la joven 
sonriente en el salón de familia bien, administran y exportan altanería 
en cada movimiento congelado: la familia era poderosa, y la hija, 
la piedra más preciosa de la casa, era la reina.

Y la huérfana expulsada del paraíso cierra la revista y mira la foto 
a todo color de la portada, y apenas se reconoce en esos ojos confiados. 
Y las paredes de la memoria se derrumban a cámara lenta, y con las
 paredes se hunden también los cimientos y su mano busca en el móvil 
a su psicóloga pero eso también cae. El árbol que tiene detrás la agarra 
y la lanza para que vuele con las palomas con las que jugaba de niña, y
 ella besa entre las nubes aquel primer beso que nunca se repitió, y cerca
 del sol una pirámide ordena y manda. Y la angustia la acuchilla, y litros 
de lágrimas no derramadas aplastan su pecho, y su cabeza desconecta 
y la señora cae al suelo como un saco de patatas.

Alguien la alojará en alguna estadística de enfermedad mental, 
pero ella planea noche y día, desde su rincón preferido bajo los
 escombros, exiliarse a una sencilla cabaña. Y es que ella ya no 
quiere ser reina, ni tampoco sierva, aunque ninguno de los locos 
que le organizan la vida haya caído todavía en ese detalle.