dilluns, 11 de setembre del 2017









"Desde mi ventana veo cada mañana —cada madrugada— bandadas de niños y niñas camino 
de la escuela, de la guardería, del colegio de uniforme, y la calle es entonces un ir y venir 
de vida hasta que dan las nueve —como mucho— y las aceras se quedan vacías, vosotros 
llenáis las oficinas y solo los viejos y las palomas pensamos estas cosas radicales."





Cuando éramos pequeños en cada barrio había dos o tres 
montones de estiércol, eran grandes como gigantes y 
estaban repartidos por toda la ciudad. 

Por la mañana, de lunes a viernes, las mamás 
y los papás nos despertaban y después de desayunar 
nos llevaban al montón de estiércol más cercano 
y allí nos metían, hasta la hora de comer. 

Durante años esa fue nuestra rutina, no 
solo por las mañanas, también volvíamos por 
las tardes a que nos enseñaran números y letras 
y muchas cosas que ahora es muy difícil recordar; y no 
todas aprendíamos bien todo lo que nos enseñaban, porque 
el olor nos emborrachaba y a más de uno se le rompían 
las tripas, hacia abajo o hacia arriba, y nos mareábamos 
o nos volvíamos locas, o nos cosíamos las narices con 
grapas, o nos rascábamos compulsivamente las 
erupciones que nos brotaban en los egos... 

Aun así, aprendíamos, casi nada, pero 
aprendíamos, y supimos leer y escribir mejor 
o peor, o contar hasta el mil o incluso hasta rozar 
el infinito, y supimos que había un mundo ahí fuera, y 
que si estudiábamos mucho podríamos salir del montón 
de estiércol con buenas notas. Y que con buenas notas 
podríamos acceder a montones de estiércol más grandes 
y olorosos, y que si nos esforzábamos mucho incluso 
podríamos llegar a ser, para regocijo de nuestros 
papás y nuestras mamás, un grandioso montón 
de estiércol admirado (y también odiado) 
por el resto de la suciedad. 



Ximo Segarra