—Cactus, eres
simpático, eres guapo y tienes chispa. Si no dijeras esas cosas
que dices…
¡podrías triunfar en el mundo del espectáculo y del humor!
—¿Sí? ¡Podría ir a
Operación Triunfo, yo?
—¡Eso no es un
programa de humor, Cactus!
—Ah, pues yo pensaba
que sí, Ximo.
—Pues no, ¿pero qué
te parece, ser un triunfador?
—Si fuera un
triunfador… ¿podría meterme con los bancos?
—No.
—¿Y con la Secta
Iglesia Cactólica?
—No.
—¿Y con el rey de
los furcios?
—No.
—¿Y con la borrega
normalidad?
—Tampoco.
—Pues no quiero,
Ximo, ser un triunfador, yo.
—Pero podríamos
forrarnos, Cactus.
—¿De cuálo?
—De dinero, y de
lujos, y de estatus superior.
—Pero eso es una
deposición.
—¿Una deposición?
—Sí, Ximo, trato de
hablar fino, a ver si así nos forramos un poquito.
—Entonces, ¿estás
dispuesto a ser políticamente correcto?
—Sí.
—Muy bien, veo que
por fin estás sentando la cabeza, Cactus.
—Sí, por fin me está
apestando la cabeza a mierda finamente maloliente, Ximo.
—Eres incorregible…
—Soy diferente,
especial, singular, como tú, como ella, como él, como cada cual, Ximo.
—Jo, has vuelto de
las vacas y de las ciones muy despierto…
—Sí, del desierto he
vuelto despierto, yo, sí.
—Ay… El desierto… En
él vivimos y en él morimos, Cactus.
—¿Por qué, Ximo?
—Porque es así.
—¿Es así porque lo
digas tú?
—¿Tú que dices
respecto a eso, Cactus?
—Yo digo Tururú.
—Bien dicho, Cactus.
—¿Seguimos hablando
otro día, Ximo?
—Vale, Cactus.
—¿Me dejas que me
despida del vello púbico?
—No.
—Vale.
—Hasta luego,
Cactus. Hasta luego, querido y bello público.
—¡Hasta luego, Ximo!
¡Hasta luego, querido vello púbico!
¡Besitos húmedos y calientes para todo
cristoooooooo
—Ay ay ay…
—Ya ya ya…