miércoles, 16 de mayo de 2018




ANCLA Y COMETA 


Media vida llevaba Cometa saltando sin rumbo de un sueño a otro, sin tiempo 
para bailar a fondo con ninguno, esclava siempre de los caprichos del viento. 
Hartita estaba, y mareada anhelaba encontrar un amor que fuera su hogar, 
su mundo. Entre las nubes Cometa barruntaba un placer sereno... 


Cuando conoció a Ancla, el horizonte entero se le abrió y Cometa sintió 
que había encontrado ese lugar donde todo vuelve a nacer. Y además… 
Ancla era en sí misma la certeza, y sus principios eran tan sólidos… 


Media vida llevaba Ancla sin perder la compostura. No importaban las 
tormentas, ella siempre en calma, experta en rastrear los cimientos del 
Gran Abismo. Hartita estaba de tanta responsabilidad sobre sus hombros…  
y tanta rutina bajo sus pies. Y aquel día fue ver a Cometa jugando con la 
espuma de las olas y sentir de pronto la brisa en cada poro de su 
aplomo. Sí, con ella podría ver las nubes de cerca… 






Eran la pareja ideal, así que Ancla enrolló su cadena robusta alrededor 
del delicado cordelito de Cometa y juntas partieron ilusionadas hacia el paraíso. 
¡Uy! Se quejó Cometa, No me aprietes tanto, ¡que me asfixias! Y Ancla sintió miedo, 
y se agarró con más fuerza. Y Cometa así no podía, pero su instinto la impulsaba hacia 
el cielo mientras Ancla suspiraba, Súbeme, súbeme más arriba… Y miraba excitada las 
nubes, y quería mojarse con ellas… Y enroscada al cuello de Cometa sin querer la 
dejaba sin aire. La pareja ideal se agotó aplastada contra el suelo. 


Ahora, mucho tiempo después, Cometa vuela libre sin cordelito y sin cadena, 
buscando todavía en los riscos del ocaso su hogar en el mundo. Expirará en 
la cumbre de la Gran Montaña, feliz y abrazada a Ancla quien, durante años 
y sin cadena ni cordelito, caminó hechizada buscando el baile eterno de 
las nubes. Ancla quiso amarlas a todas, pero ya solo tiene aliento para 
entrelazarse con Cometa y cruzar juntas el horizonte… 


Las nubes, celosas de la escena, se acercan todas y 
reparten besos que parecen lágrimas. 






Ximo Segarra