domingo, 11 de febrero de 2018










Un país con tanto recorte acaba convertido en un Eduardo Manostijeras desquiciado 
que no duda en recortarse a sí mismo. Aunque... por fortuna aún no nos hemos acostumbrado, 
a tantos recortes sociales. Todavía hay quien expresa su indignación con una canción, o un artículo, 
o una viñeta, o un comentario, o una conversación... y así percibimos que no todo el mundo se ha 
sometido a la verdad oficial, esa que habla de que la recuperación económica y el equilibrio 
social ya están aquí, y de qué bonita es la leche semidesnatada cuando está 
semidesmerengada. Sí, expresar nuestro malestar es, muchas veces, el 
único rincón de resistencia que nos queda, la última esperanza que 
nos impide caer en el silencio cómplice, o en la charlatanería 
conformista. Poder expresar cómo nos sentimos y qué 
pensamos ante el abuso de poder y el robo descarado 
es, muchas otras veces, el inicio del último 
(o penúltimo) gesto de rebelión. 

Y pienso que la libertad de expresión es, en toda 
comunidad humana, un bien social más. Sí, uno más, y ni más ni menos 
que el derecho a la educación, a la sanidad, a la vida digna... Defendámosla, pues, 
que cada cual se arme con su criterio propio y defendámosla, a la libertad, y 
tendamos puentes que crucen los abismos que nos separan... 
construyámosla, la libertad de vivir en paz, construyámosla 
si ya no la podemos reconocer tras tanto tris tras, 
tras tanto recorte cruel... ¿Cómo? Creándola. 
Porque la cultura, la dignidad, la existencia 
misma... todo eso se defiende creándolo, 
haciéndolo, dejándolo fluir... Nosotr@s 
decidimos, si ante tanta amenaza y 
tanta represión agachamos la 
cabeza por miedo puro y 
duro... 
o la levantamos. 

O la levantamos por alegría pura y dura.